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viernes, 8 de abril de 2011

Yo creí que ya era Médico

El día que la universidad me confirió el título de Médico, yo creí que ya lo era. Había hecho mío el conocimiento de la anatomía, la fisiología, el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades.
Y así, con mi ser de científico colmado de saber con pretensión de omnipotente, me fui por el mundo a ejercer la medicina.
Todo iba bien al principio. Los medicamentos que prescribía controlaban las afecciones de mis pacientes, y mi bisturí extirpaba sus tejidos dañados.
Pero muy pronto la corona de mi erudición médica sufrió una lastimosa abolladura.
Amanecía un domingo cuando me llamaron del hospital para operar a un niño agredido por un perro que le destrozó el rostro y el cuello. Sangraba abundantemente y estaba agonizando.
En medio de transfusiones reconstruí con éxito las estructuras desfiguradas, pero en los días siguientes noté que a pesar del agradable resultado de mi cirugía, el niño seguía abatido, desmejorándose cada día, derrotando el optimismo que la ciencia me permitía.
Entonces me di cuenta de que yo estaba enseñado para tratar enfermedades, pero no a personas enfermas. Me lo mostró ese niño que no sufría por sus heridas, sino por la falta de su padre, prófugo del hogar.
De poco me servirían todas mis teorías para aliviarlo. Necesitaba también confortarle en su turbación emocional. Con ello percibí que la verdadera medicina no consiste en combatir la enfermedad como si fuera un objeto que entró en un cuerpo, sino en atender en su integridad humana a la persona que padece.
Hora tras hora, iba descubriendo que era más lo que ignoraba que lo que creía saber, y que llegar a ser un verdadero médico no se logra con la mera obtención del título profesional, pues por encima del conocimiento científico certificado, está la comprensión y la entrega para con el semejante que padece, a fin de atenuar sus dolores físicos, atenderlo en lo íntimo de sus temores, y confortarle en su interioridad que sufre.
En el ejercicio de mi profesión he presenciado el nacimiento de una criatura escuálida en una pobre choza, y el del bebé rozagante que ve la primera luz rodeado de flores en una clínica para ricos. He atestiguado la agonía atemorizada del valentón que siente escapársele la vida por los agujeros de una bala, y he estado ante los últimos estertores del anciano que deja el mundo con una plegaria de paz en sus labios. Y entre esos extremos de vida y de muerte, he quedado maravillado ante los prodigios que obran en la evolución de las enfermedades la fe en Dios y la voluntad de superar los padeceres, despedazando triunfalmente las estadísticas médicas y los pronósticos de las eminencias.
A través de los años en mi práctica profesional, descubrí que tras los síntomas que manifiestan los pacientes, clama el conflicto anímico que los ha originado, conflicto que anda por los consultorios buscando encontrar a un médico que lo reconozca, lo entienda y lo conforte para aliviarlo. Pero... ¡Qué lejos están de estos asuntos íntimos de la vida humana las páginas de los textos médicos y los sofismas de los catedráticos!
He visto frente a mí la expresión desesperada del adinerado que no se explica cómo su dinero no puede comprarle una hora más de vida, y me he acongojado al ver el rostro afligido del pobre que vende su sangre para dar de comer a su prole. He estado ante el hombre de mundo, antes soberbio y arrogante, ahora intimidado hasta lo risible por una erupción de la piel, y me he arrodillado para besar la frente de una madre que oculta los dolores de su cáncer para no molestar a sus hijos.
Con todo ello me quedó manifiesto lo distinto que es cada paciente, y el grave error que se comete al generalizar con ligereza en el tratamiento de los enfermos. Como si todos los pacientes fuesen iguales. Como si no tuviese cada uno sus muy propios sentimientos y circunstancias.
He hurgado entre mis dedos la milagrería de los tejidos orgánicos en las entrañas de la vida, y cada día se graba más en mi conciencia que mis manos son sólo un modesto instrumento entre el Creador y mis enfermos.
Por ello, en ese filtrado de conocimientos que nos da la experiencia, me quedó la firme convicción de que he de actuar ante quien padece, con humanismo y espiritualidad, no de médico a paciente, sino de ser a ser.
Escribo estos pensares dedicándolos a la nueva generación 2011 de profesionales. Coinciden ustedes, flamantes colegas recién graduados, en un mundo que les impone la alternativa de ejercer para la tecnología y lo científico, o servir al hombre enfermo.
Poseen sensibilidad de lo humano, virtud que les ofrece pasar de la ciencia a la conciencia. Dejar de vivir en el racionalismo científico, para convertirse en emisarios de Dios. Esto es lo que significa mi frase dirigida a las expectativas más profundas del enfermo: Estoy en ti.    Estoy en tu entraña. Porque vengo a ti en el Nombre del Señor.
Porque después de todo, nosotros los médicos sólo somos sencillos intermediarios del Señor que nos ha encomendado la misión predilecta de Cristo:   curar a los enfermos. Para que, cumpliéndola, lleguemos todos a merecer el noble título de “Doctor en Medicina”.
                    
           Dr. Jorge Fuentes Aguirre.

miércoles, 30 de marzo de 2011

¡Por que no estudiar Medicina!


Enumerare todos los motivos por los que alguna vez en el transcurso de estos años he deseado haber estudiado comunicación o alguna de esas carreras


1. Te haces viejo, los que se van a quedar pelones lo hacen prematuramente y todos los demás se hacen canosos antes de los 25.

2. No importa que tan bueno te creas y que tanto hallas estudiado durante las materias básicas, solo cuando llegas al hospital y en un paso de visita te preguntan alguna cosa, te das cuenta que toda la anatomía que aprendiste en primero, se fue cuando jalaste la cadena del baño junto con las evacuaciones bajas de consistencia y olor fétido que tuviste después de visitar tan frecuentemente el paseo de la salmonella.

3. Justo cuando se acerca el año más difícil de la carrera que es el internado, te das cuenta que todos los amigos de la preparatoria están a punto de terminar la carrera, incluso algunos de ellos ya están comprando su propio auto y tú máxima aspiración en este punto es empezar a ganar los 600 pesos quincenales que te pagan como interno de pregrado, sueldo que a pesar de ser ganado con interminables idas y vueltas al laboratorio, desinpactando ancianos, manchando la bata quirúrgica (que tu mamá te mando bordar) con sustancias corporales que difícilmente puedes reconocer y lo que es peor: aguantar guardias cada tercer día; ni siquiera llega al salario mínimo que le dan al elevadorista cuya única función es la de apretar botones y leer el tv novelas mientras lo hace.

4. Cuando estás en primero quieres que todos se enteren de que estudias medicina y piensas que vestirte de blanco te dará el respeto de tus semejantes, por eso cuando estás en primero y aunque estés en la primera semana de clases ya se te cuecen las habas por ponerte una bata blanca, pero la realidad es que en estos tiempos la bata blanca significa para todos aquellos que no estudian medicina solo una cosa, que no vas a ganar dinero hasta los 35; y quizá por eso no apantallas a ninguna otra chica que no sea tú mamá.

5. En verano llueve y nadie, repito ¡¡¡nadie!!! Muestra respeto por la blancura de tu ropa.

6. Si estas solo, con el tiempo bajas tus estándares a niveles nunca antes explorados, por ejemplo, llegas a encontrar ligeramente menos feas a las enfermeras o a las que atienden las cafeterías de los hospitales.

7. Usualmente los hospitales dan credenciales que dicen de manera gigantesca que eres estudiante, para que todo aquel enfermo que no está tullido, discapacitado e impedido de algún modo, huya como ladrón de la colonia doctores cada vez que te acercas a hacer la historia clínica.
Además gracias a este mismo gafete las enfermeras te ven como una presa fácil y depositan toda su ira e incluso las auxiliares de enfermería, cuya única función en la vida es tomar la presión, porque no saben hacer nada más, se congratulan cada vez que te ven llegar con un paciente, aunque saben que serían más útiles picándoselo unas a otras en otro lugar, ya que no tienen nada que hacer ahí, solo para llamarte estudiante y desacreditarte frente a todos.
Por eso aquí mi consejo es muy simple, las enfermeras son feroces, buscarán en lo más recóndito de tus inseguridades y se alimentarán de ellas y los estudiantes son sus presas naturales, así que nunca las mires a los ojos y ponte lo más pronto que te puedan tus piernas conducir al abrigo protector de un Médico de base

8. Tienes que convivir con mojones vivientes, como los estudiantes de la U.P., Anáhuac y Lasalle.

9. Tienes que aprender a vivir con desesperanza porque aunque acabes con éxito tus estudios, todavía eres un pelele que no ganará más que 25 pesos por consulta en una farmacia del dr. Simi, hasta que pases el examen de residencia y una vez que lo pases, serás residente por muchos años más y por tanto sometido a la autoridad de cualquier laboratorista, enfermera o básicamente cualquiera que trabaje en el hospital.

10. Cuando haces algo bien y un paciente te dice gracias, todo lo anterior vale la pena

Anónimo

¡Porque no estudiar Medicina!